"No hay que perder de vista que el corrector no es el autor de los textos"



29 de agosto de 2012

Origen de la palabra "eco"


Una historia de amores no correspondidos nos lleva al origen de esta antiquísima palabra, que llegó al castellano intacta tras cruzar continentes y civilizaciones durante casi treinta siglos, desde la Grecia antigua hasta nuestros días (v. pánico*,narcisismo*).

Eco era la ninfa de los bosques y de las fuentes, de cuya boca salían las palabras más bellas jamás nombradas. Esto molestaba a Hera, celosa de que Zeus, su marido, pudiera cortejarla como a otras ninfas. Y así sucedió... cuando Hera descubrió el engaño, castigó a Eco quitándole la voz y obligándola a repetir la última palabra que decía la persona con la que mantuviera la conversación. Incapaz de tomar la iniciativa en una conversación, limitada sólo a repetir las palabras ajenas, se apartó del trato humano

Retirada en el campo, se enamoró del hermoso pastor Narciso, hijo de la ninfa Liríope de Tespia y del dios-río Céfiso. Sin embargo, el vanidoso joven no tenía corazón y la consideró loca, ignorándola totalmente. Con el corazón roto, ella pasó el resto de su vida en cañadas solitarias, suspirando por el amor que nunca conoció, debilitándose y adelgazando, hasta que se  convirtió en una roca fría y dura... y desde el fondo de un valle repite hasta hoy las últimas palabras de cada frase que allí se dice. 

Eco llegó al castellano proveniente del latín echo, y éste, del griego eko ‘sonido’. El primer documento de nuestra lengua en que aparece es el Vocabulario de las dos lenguas toscana y castellana, de Cristóbal de las Casas, datado en 1570.

La historia de esta ninfa está expuesta por el poeta romano Ovidio, en su conocida obra Metamorfosis (libro III), en la cual la narra de forma magistral:

Así pues, cuando vio a Narciso, que vagaba por apartados campos, y se enamoró, a escondidas sigue sus pasos, y cuanto más lo sigue más se calienta con la cercana llama, no de otro modo que cuando el inflamable azufre, untado en la punta de las antorchas, arrebata las llamas que se le han acercado. ¡Oh, cuántas veces quiso acercarse con linsojeras palabras y añadir suaves ruegos! Su naturaleza lo impide y no le permite empezar; pero, cosa que le está permitida, ella está pronta a esperar sonidos a los que puede devolver sus propias palabras.
Por azar el joven, apartado del leal grupo de sus compañeros, había dicho: “¿Alguno está por aquí?”, y “está por aquí” había respondido Eco. Él se queda atónito y, cuando lanza su mirada a todas partes, grita con fuerte voz: “Ven”; ella llama a quien la llama. Se vuelve a mirar y de nuevo, al no venir nadie, dice: “¿Por qué me huyes?”, y tantas veces cuantas las dijo, recibió las palabras. Insiste y, engañado por la reproducción de la voz que le contestaba, dice: “En este lugar juntémonos” y Eco, que nunca habría de responder con más agrado a ningún sonido, repitió: “juntémonos”, y ella misma favorece sus palabras y, saliendo de la selva, iba a arrojar sus brazos al deseado cuello. Huye él y, al huir, aleja las manos del abrazo. “Moriré antes”, dice, “de que te adueñes de mí.”
Desgraciada se oculta en el bosque y avergonzada cubre su cara con ramas, y a partir de entonces vive en solitarias cuevas; pero, sin embargo, el amor está dentro y crece con el dolor del rechazo: y las insomnes preocupaciones amenguan su cuerpo que mueve a compasión, y la delgadez contrae su piel, y todo el jugo de su cuerpo se va hacia los aires; solamente le quedan la voz y los huesos: permanece la voz; cuentan que los huesos adoptaron la figura de una piedra. A partir de ese momento se oculta en los bosques y no es vista en montaña alguna, es oída por todos: el sonido es el que vive en ella.
[Texto extraído de grecolatino.wordpress.com]