"No hay que perder de vista que el corrector no es el autor de los textos"



15 de marzo de 2011

El corrector, ¿un profesional en extinción?

A lo largo de la historia, el trabajo del corrector ha cambiado. En sus inicios, revisaba la copia original elaborada por el escriba o scriptor librarius, la enriquecía con notas críticas −llamadas escolios− para el lector. Durante la Edad Media, la corrección de estilo deja de ser una tarea específica y se fusiona con la del escriba, quien en los monasterios cristianos se encargaba de copiar en forma manuscrita los originales de autor. El amanuense también realizaba tareas de corrección, y debía poseer, no sólo una excelente caligrafía, sino una vasta formación enciclopédica.

La figura del corrector de estilo o castigator, separada de la del copista, vuelve a surgir con el advenimiento de la imprenta. En general, se trataba de un intelectual o al menos de un estudiante universitario con un sólido manejo del griego y del latín. Pero luego de su apogeo durante los siglos XV y XVI, la tarea de corrector de estilo comienza a perder prestigio, ya que su trabajo pasa a ser visto como una tarea técnica restringida a la identificación de las erratas. Es recién en el siglo XX cuando el corrector de estilo vuelve a tener un papel preponderante y la corrección alcanza un nivel de especificidad tanto desde el punto de vista lingüístico, gramatical y ortográfico, como desde el semántico y léxico.

Como puede verse, la tarea del corrector no siempre fue considerada en su especificidad. De hecho, aún hoy, para varios autores, el corrector carece de autoridad para hacer cambios de palabras −excepto en el caso de que un editor lo haya autorizado−, y debe limitarse a corregir errores en el original. Es por esto, que autores como J. A. Tarutz consideran obsoleto el trabajo de corrector de pruebas, ya que el advenimiento de la composición digital ha eliminado el tipiado del texto, y el paso de comparación posterior de las dos versiones, al tiempo que ha agilizado la tarea de corrección, haciéndola más barata y rápida.

Ahora bien, si no caben dudas acerca de que el avance de la informática ha modificado la metodología y los procedimientos propios de la corrección, no es cierto que se trate de una actividad en extinción o, en todo caso, al alcance de cualquiera que pueda manejar un programa informativo.

Por el contrario, la instancia de corrección de estilo sigue siendo una práctica fundamental en las etapas de composición y edición de una obra. Y no sólo porque el corrector de estilo se erige como el nexo mediador entre el editor, el autor o el traductor, sino porque su intervención presupone el manejo de competencias especificas que identifican su labor, más que con una práctica adquirida de oficio, con un saber altamente especializado.

En otras palabras, un corrector deberá, sin duda, poseer la habilidad necesaria para distinguir erratas, pero también, y sobre todo, una serie de competencias en el manejo de la lengua, la gramática y las convenciones ortotipográficas.

(Parte de texto sacado de la revista Páginas de Guarda, titulado, “¿Corrector o Corruptor? Saberes y Competencias del Corrector de Estilo”, de María Marta Negroni y Andrea Estrada).